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domingo, 27 de febrero de 2011

El peligro de presenciar puestas de Sol



Nunca he podido evitar que las puestas de sol me entristezcan. No sé por qué, transmiten una honda sensación de agobio, la constatación evidente de que algo se muere. Me ocurre todo lo contrario que al "Principito" de Exupery, que solía ver cientos de ellas al día, cuando se encontraba decaido y triste. Yo, en su estado, no podría soportar ni media docena. No es que me disgusten, sencillamente es que me afectan. Producen en mi interior, el mismo efecto que provoca el alcohol en los desesperados que beben para atenuar el amargor de sus penas, o ahogarse él mismo, en el licor.

Lo que estoy diciendo es algo que sólo entenderán aquellos que sienten la misma sensación. Cómo explicar con palabras el vacío interior que produce la caída del dios astro, llevándose en su precipitada huida , retales maltrechos del alma que se apasionaron con su observación.

Tendría que estar terminantemente prohibido que los tristes pudieran ver puestas de sol. También debería ser extensible esta ley para los felices y dichosos. Aquel que no se cuide, por muy eufórico que se encuentre, corre el riesgo de caer en su hechizo, y después, ya se sabe, nadie es capaz de salvar su caluroso abrazo. Una puesta de sol tiene el mismo poder magnético que el canto de cien sirenas; si no andas con cuidado, te atrae, te atrapa, y estás listo para toda la vida: te conviertes en una persona, incurablemente triste. Muchos de los afligidos que veis deambular por las calles, son individuos que se expuesieron sin recato a los encantos dorados del Sol.






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